 |
| Estatua de Moisés de Miguel Ángel |
Casi siempre se le ve solo. Su
rostro aspero y curtido lo hacen ver desagradable. Su vida transcurre dentro de
los límites del barrio donde vive, de su casa a cualquiera de sus calles. No
tiene un trabajo estable, ni buenos estudios. Dependió siempre de su madre,
quien costeaba su enfermedad incurable y que suele sacudirlo de tal forma, que
jadeante, sólo le queda echar babasa por la boca, una disculpa para no luchar y sobresalir.
Ya es un hombre de edad madura,
pero su comportamiento es confuso y nada definido. Suele burlarse de todo el
mundo sacándoles pero y defectos; su risa es filosa e hiriente pesada para el
oido.
A veces lo ocupan en labores
secundarias de construcción como entrar arena; encarrilar ladrillo o bloque;
pintar las paredes o las puertas y ventanas, en fin.
Inspira cierto temor al hablar
por sus ademanes bruscos y violentos, como si quisiera desahogar toda su rabia
por el abandono que en cierta medida ha tenido que soportar por ser rechazado e
ignorado.
¿Cómo serán sus sueños? –Suelo
preguntarme cuando lo veo- Todo ser
humano por humilde o insignificante que
sea tiene derecho a soñar. ¿De qué color serán sus fantasías? o ¿qué mujer le
habrá gustado sin poderla tener? ¿llegará alguien a su vida que acapare su
corazón? ¿Se curará algún día? ¿Podrá por humilde que sea su trabajo
enorgullecerse de él, sin que lo contraten por consideración sino por lo que
vale? Su vida esta llena de preguntas
que parece una sucesión de lagunas inconclusas, que no le permiten mirar más
allá ni más acá en lo que concierne a su pasado y su futuro que convierten su
presente en un estanque que no lo dejan avanzar o retroceder y del que nunca ha querido escapar o salir.
Hay personas que adoran su
soledad, es un bálsamo para sus conciencias, para reflexionar o para crear. Sin
embargo para otros como él, es una carga pesada que los hace frágiles y
desamparados. Les ha tocado existir simplemente eso.