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Tantas veces se lo hemos gritado,
tantas veces lo hemos cuestionado, siempre que nos ocurre algo lamentable o
irremediable lo culpamos a él de nuestras desgracias.
¿Pero por qué pasa esto?
Hay que remontarse a los libros
del Antiguo Testamento en el que sus relatos describen a un Jehová imponente e inflexible, en el que sus
designios eran castigos para esos pueblos por vivir en el pecado.
Con la venida de Jesucristo esa
imagen cambio, se disolvió, ese creador tripartito se humanizo, buscando el
perdón y la redención humana. Sin
embargo ese perfil más cercano cuesta
asimilarlo y el poder sobrenatural que siempre le hemos prodigado nos hace
atrevidos, dudamos de su magnanimidad y existencia, somos injustos , todo lo malo
o negativo que nos pasa se lo reprochamos a él; lo maldecimos, lo rechazamos,
porque nuestras plegarias no fueron suficientes o nuestra tragedia es tan
abrumadora que la fe se vuelve trizas,
nuestro corazón lo erradica,
creemos que con esto nos pierde, pero es todo lo contrario, los que más
perdemos somos nosotros.
No entendemos que todo lo que nos
ocurre es producto de nuestras acciones, de una sociedad que nos rodea y a
pesar de todo, el mal y la muerte son un gran negocio que nos persigue y se
sustenta en las desigualdades sociales,
el monopolio económico que asfixia a los más pobres y engrandece a los
ambiciosos, el todopoderoso en este sentido le brindó al hombre este bello
planeta para que lo disfrutara incluido el paraíso prometido que con su
desobediencia desprecio entonces de ¿qué nos quejamos?
El único consuelo que nos queda
es confiar y tener fe en la misericordia y el perdón de Dios como también de
nosotros mismos.
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