lunes, 28 de noviembre de 2011

El muchacho de la bicicleta



Homenaje a las personas sin hogar
Desde hace varios años trabajó en algún recóndito lugar. De lejos parecía un muchacho, su cuerpo demasiado delgado y su baja estatura se confundía con la de los chicos que le hacían competencia con sus carros de ruedas esferadas.

Todos los lunes se le veía cargando y descargando los mercados que llevaba a las diferentes casas de los barrios circunvecinos.

Pese a lo humilde de su trabajo ya tenía una bicicleta muy bonita y sobre todo práctica que le permitía desplazarse sin ningún problema.  Adelante tenía una canastilla grande y atrás una parrilla amplia; de color azul, gruesa, parecida a esas de tres ruedas que están diseñadas para el trabajo, sólo que la de él era de dos.

De apariencia tímida siempre se le observaba solitario, no contaba con amigos y poco se le veía charlar con sus compañeros o vendedores ambulantes que conocían de su oficio.

Cuando solía esperar alguna persona para llevarle determinado mercado, se la pasaba mirando a las mujeres largamente. Como anhelaría el calor de una de ellas. Se notaba que su alma y su cuerpo estaban sedientos de una caricia o un beso que mitigaran su enfriamiento e hicieran menos tediosa su soledad. 

Sin embargo no se les acercaba, ni intentaba entablar conversación ; aunque en su mirada estaba la audacia que desearía tener para conquistarlas.

Pese a que era uno más del montón, había en él un misterio que lo hacía especial, como si su estadía en este mundo no fuera como la del resto de los humanos; como si nunca hubiese sido concebido por dos seres, sino que de repente resultó en éste planeta. Tampoco había una chispa en sus gestos que delataran que alguna vez había sido niño. Demasiado sombrío. Parecería que siempre fue así.

Su existencia muy escondida sobrevivió a ésta gran urbe.  De pronto fue más feliz que otros; que sus sueños fueron únicos y jamás descubiertos.

Su trabajo lo mantenía despierto en este mundo, donde a él le toco montarse en su caballito de acero  y recorrer las calles en busca del sustento. Un halo de incertidumbre lo rodeaba, traspasaba todos los límites de cualquier hombre que se aferra a algo sólido o una compañía duradera y momentánea. Lo único seguro en su vida fue ésta máquina rodante, ángel guardián que lo cuidó día y noche. Le proporcionó el alimento y le permitió pagar un cuarto, para resguardarse del frío y de la insolencia de la noche.

Cada mañana se lanzaba al bullicio citadino, recorría las calles de la cual surgía el trabajo que realizaba en el día. Su distracción era retar al vigoroso viento o dejarse acariciar del perezoso sol o mojarse entre la lluvia pertinaz o escapar a la furia de los rayos; siempre montado en su veloz artefacto. 

Todo el mundo lo veía pero nadie reparaba en él. Aparentemente su existencia no tenía demasiados matices y giró en torno a una rutina sencilla e incierta. Bastaba con desplazarse en su medio de transporte para subsistir en este mundo tan deshinibido y majestuoso.

Sin embargo aunque muchos lo consideraban un infeliz, no sabían que en el fondo era el más afortunado de todos. No lo volví a ver, no supé si necesito de un ataúd, ni de las plegarias, ni de los lamentos de la gente si murió o  sí todavía está vivo, se irá como vino de repente, al igual  que un atardecer que se desvanece cuando va apareciendo la noche. Del cielo bajará una estrella que lo acogerá con su bicicleta azul y nadie se dará cuenta.        

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