| Homenaje a las personas sin hogar |
Desde hace varios años trabajó en
algún recóndito lugar. De lejos parecía un muchacho, su cuerpo demasiado
delgado y su baja estatura se confundía con la de los chicos que le hacían
competencia con sus carros de ruedas esferadas.
Todos los lunes se le veía
cargando y descargando los mercados que llevaba a las diferentes casas de los barrios circunvecinos.
Pese a lo humilde de su trabajo
ya tenía una bicicleta muy bonita y sobre todo práctica que le permitía desplazarse
sin ningún problema. Adelante tenía una
canastilla grande y atrás una parrilla amplia; de color azul, gruesa, parecida
a esas de tres ruedas que están diseñadas para el trabajo, sólo que la de él
era de dos.
De apariencia tímida siempre se
le observaba solitario, no contaba con amigos y poco se le veía charlar con sus
compañeros o vendedores ambulantes que conocían de su oficio.
Cuando solía esperar alguna
persona para llevarle determinado mercado, se la pasaba mirando a las mujeres
largamente. Como anhelaría el calor de una de ellas. Se notaba que su alma y su
cuerpo estaban sedientos de una caricia o un beso que mitigaran su enfriamiento
e hicieran menos tediosa su soledad.
Sin
embargo no se les acercaba, ni intentaba entablar conversación ; aunque en su mirada
estaba la audacia que desearía tener para conquistarlas.
Pese a que era uno más del montón,
había en él un misterio que lo hacía especial, como si su estadía en este mundo
no fuera como la del resto de los humanos; como si nunca hubiese sido concebido
por dos seres, sino que de repente resultó en éste planeta. Tampoco
había una chispa en sus gestos que delataran que alguna vez había sido niño.
Demasiado sombrío. Parecería que siempre fue así.
Su existencia muy escondida
sobrevivió a ésta gran urbe. De pronto
fue más feliz que otros; que sus sueños fueron únicos y jamás descubiertos.
Su trabajo lo mantenía despierto
en este mundo, donde a él le toco montarse en su caballito de acero y recorrer las
calles en busca del sustento. Un halo de incertidumbre lo rodeaba, traspasaba
todos los límites de cualquier hombre que se aferra a algo sólido o una compañía
duradera y momentánea. Lo único seguro en su vida fue ésta máquina rodante, ángel
guardián que lo cuidó día y noche. Le proporcionó el alimento y le permitió
pagar un cuarto, para resguardarse del frío y de la insolencia de la
noche.
Cada mañana se lanzaba al
bullicio citadino, recorría las calles de la cual surgía el trabajo que
realizaba en el día. Su distracción era retar al vigoroso viento o dejarse
acariciar del perezoso sol o mojarse entre la lluvia pertinaz o escapar a la
furia de los rayos; siempre montado en su veloz artefacto.
Todo el mundo lo veía pero nadie reparaba en
él. Aparentemente su existencia no
tenía demasiados matices y giró en torno a una rutina sencilla e incierta.
Bastaba con desplazarse en su medio de transporte para subsistir en este mundo tan deshinibido y majestuoso.
Sin embargo aunque muchos lo
consideraban un infeliz, no sabían que en el fondo era el más afortunado de
todos. No lo volví a ver, no supé si necesito de un ataúd, ni de las plegarias,
ni de los lamentos de la gente si murió o sí todavía está vivo, se irá como vino
de repente, al igual que un atardecer que se desvanece cuando va apareciendo la
noche. Del cielo bajará una estrella que lo acogerá con su bicicleta azul y
nadie se dará cuenta.
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